CARTA ABIERTA A LA UNESCO


Cuando declararon a Valparaíso patrimonio de la humanidad, me pareció

conmovedor, adecuado y justo.

Esta ciudad contradictoria, rebelde a las descripciones,  generosa con los que la recorren caminando,

pobre y misteriosa, era al fin reconocida.

Me alegré mucho.

Va a ser cuidada, pensé, para que todos, de cualquier parte del mundo, puedan venir

a disfrutar su encanto.

"No le vendas a nadie tu sol del mes de abril y danos tu alegría de amor para vivir..."

Pero me equivoqué.

Lo que pasó fue otra cosa.

Se abrieron las puertas del deseo.

Se despertó la imaginación para la codicia.

Valparaíso — pobre, andrajosa, sucia, olvidada doncella—

está siendo arrasada para hacer dinero con su encanto.

Sólo que están matando su encanto en el intento.

Están vendiendo sus mejores terrenos, en lo posible para grandes y altos edificios

( feos, no hay tiempo para diseñarlos mejor)

que tapan la vista al mar y ocultan su orilla,

sus formas curvilíneas de cerros que se encuentran, sus escaleras y sus luces;

edificios que tapan el sol y oscurecen la ciudad, que borronean su geografía

(ya no se sabe mucho de sus locas escaleras);

edificios que desorganizan, desestructuran, destruyen la vida de barrio de sus cerros:

los vecinos ya no pueden caminar al ritmo de su encuentro, los boliches de las

esquinas

donde ronroneaba el gato y se sabían todos lo datos del barrio, son arrasados por

los ultra-super-plop-mercados impersonales, artificiales y transgénicos.

¿Qué más pasa?

Pero tantas cosas:

se venden sus parques populares,

con explicaciones y promesas, con títulos impresionantes:

"Ciudadela deportiva en el Parque Alejo Barrios".

El Parque Alejo Barrios es el parque del pueblo de Valparaíso,

ahí los niños aprenden a encumbrar los volantines,

ahí, los hombres del puerto de Valparaíso, se emborrachan prudente

y gloriosamente en las ramadas del 18;

ahí los niños y los jóvenes de todos los cerros juegan sus pichangas

por amor a la camiseta

y se hacen hombres y mujeres porteños, ahí, precisamente de ahí,

donde probablemente pronto se pagará la entrada

para otra realidad transgénica.

De eso hay mucho en el planeta.

De lo que es Valparaíso, este Valparaíso pobre pero verdadero, hay muy poco.

¿Qué más pasa?

Se habla de recuperar la orilla

recuperar para los inversionistas, para los negociantes o para los que con dinero

pueden comprar lo más exquisito en cualquier país.

De eso, también hay mucho en el planeta.

Quieren construir, ahí en la orilla, lugar privilegiado,

justo lo que puedan querer pagar caro.

Pero ese lugar también es del pueblo de Valparaíso y Valparaíso es lo que es,

porque sus habitantes todos, pobres o ricos, viven cercanos a la orilla, al mar, a la juntura

del agua con la tierra, al suceso de la ola en los temporales,

y también al riesgo de naufragios.

En Valparaíso, los barcos se anclan en las casas, las casas tienen los barcos colgando de sus patios,

los ascensores nos enredan la cabeza : casas – barcos:

¿Qué está arriba? ¿Qué está abajo?

Esta locura de amor para vivir es lo que nos conmueve en Valparaíso.

Todo eso quieren destruirlo y para nunca más,

porque desde el mar no se verán los cerros

y desde el plan, no se verá el mar

y entonces, ¿qué será la orilla?

Una línea muerta entre edificios artificiales y un mar domesticado.

Mundo artificial impactante por su tecnología y riqueza hay mucho en el mundo.

Valparaíso no es eso.

Su encanto está en su existencia viva — en su latir de arriba abajo,

en su relacionarse horizontal, vertical, diagonal y circular,

en su inesperada geografía que alcanza a establecer más de cuatro puntos cardinales,

en las relaciones de sus habitantes.

En resumen y en castellano,

se están robando Valparaíso,

están vendiendo con explicaciones y promesas

su parque, su estadio, su velódromo, su orilla, sus mejores terrenos, sus áreas verdes y todo

lo que pueda ser aprovechado.

Van a cambiar su geografía, su sociología, su psicología, su densidad y, por supuesto,

su alegría de amor para vivir.

Por favor, llévense los títulos, llévense la importancia, llévense el poder,

dejen en paz a Valparaíso

o, lo que seria mejor, cuiden su destino para que tenga trabajo

sin vender su alma.

 

MARIBEL RUBIO LACALLE

Coordinadora

COMITÉ DE DEFENSA DE VALPARAISO

 Valparaíso, Julio de 2004

 

valparaisonuestro.cl